20/02/2010
El tigre baja la cabeza
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Todo fue de acuerdo al plan. La inflexión de la voz en el momento ideal, las pausas calculadas, las tomas de cámaras que iban de un primer plano de su rostro al de su madre, el ambiente donde primaban los amigos y asociados. Tiger Woods nos ofreció la mejor disculpa que el dinero puede comprar.

Parte de lo que dijo en su "mea culpa'' salió del corazón, otra parte del teatro prefabricado que su ejercito de relacionistas públicos y agentes construyó para la ocasión. Al menos la primera piedra del perdón se colocó delante de la opinión pública.

Muchas cosas de esta novela de infidelidades y doble vida son privadas y quedarán, si la prensa no logra descifrar nuevos elementos, entre Woods y su esposa Erin, quien no merece la atención desmedida ni los rumores sin base. Como Woods tampoco debe ser víctima del escarnio todos los días de su vida por una falta humana, en extremo humana.

Pero sí necesitaba una confesión. Sus promotores -los pocos que han permanecido a su lado- no podían permitir que pasese más tiempo y continuara la caída libre, ni su familia, ni los miles de niños que se han beneficiado de su fundación. El silencio habría sido peor.

Más allá de su innegable talento, Woods no llegó a ser el primer deportista en ganar $1,000 millones sólo por su actuación en los campos de golf, sino que creó un imperio sobre la base de una imagen casi perfecta, sin sombra ni manchas, y muchos invirtieron emocionalmente en él, en lo que representaba.

Con su sonrisa ancha y sus modales de buen vecino, era el muchacho que toda madre hubiera querido de compromiso para su hija. Su magnetismo era tal que logró atraer al golf a millones de esos que son considerados "fanáticos periféricos''.

Gracias a esa combinación tremenda de talento y personalidad avasalladora, Woods -que se mostraba como un budista convencido- había sido capaz de abrir las fronteras de un deporte que la mayoría de este planeta consideraba elitista, absurdo y lejano.

Al igual que Michael Jordan en el básquetbol y Muhammad Alí en el boxeo, Tiger es el alfa y la omega, la brújula que indica el paso y el rumbo. Así como le vaya a la estrella, así le irá al deporte.

Por eso volverá más temprano que tarde. Cuando llegó al golf profesional en 1996, apenas nueve jugadores ganaban $1 millón. Hoy son casi un centenar, porque Woods no sólo ha ganado para él. Todos se han beneficiado de la lluvia de contratos, de los aumentos de los ratings de televisión, de los nuevos fanáticos, en fin, de la Tigermanía.

Si algo nos ha demostrado este episodio es que el arrepentimiento público continúa siendo una herramienta que funciona bien en este país -ahí está el caso de Kobe Bryant y sus affairs extramaritales- y que la perfección no existe.

Pero eso ya lo sabíamos, Tiger Woods sólo nos lo ha recordado.

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